martes, 9 de julio de 2013

Barrunto si debo


No nos crecieron las piernas para tenerlas cruzadas.

No era un día nublado, ni siquiera gris, tampoco soleado, ni luminoso o frío, ni cálido. No era un día cualquiera, tampoco especial. No era domingo, ni martes, ni jueves. Para ella no era importante pues solo miraba al suelo.

Se había muerto un lunes a la hora de la cena, se había muerto el martes, luego murió en miércoles. Murió con cada guantazo, en su cara o en su estima, con cada desprecio, con cada mal gesto, en cada mañana, por despertar a su lado, más bien a sus pies.

No lo decidió, no pensó, no hubo plan, ni ánimo y ya ni miedo de tanto tragar. El destino habita tras el picaporte, en ocasiones, basta decir basta. Salió sin más, descalza, desnuda, deshecha y entera, con sólo su ser por valija y con todo su yo por respuesta. Lo supo entonces, sí debía, era un deber.

Y no lo volvió a ver nunca, ni cuando lo tuvo enfrente.

Luis Cardo

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