miércoles, 3 de julio de 2013

Arbolando sin mastil


“¡Seré novato!” musitó bajito, “en sábado mirando al oeste”. Un rayito de sol de amanecer de estío mediterráneo inundó su espacio tras penetrar cálido por vitrina y hacerse dueño del cajero automático, rebotado en sus blancos perfiles lacados y en sus metales y lunas. Sintiose Olaf habitando una bombilla a merced de un interruptor.

Se revolvió en su saco de dormir y quedó mirando al techo de talla enyesado, recordó en instante sus cincuenta años madrugados, los del colegio, del instituto, la facultad, de sus trabajos, de biberones, de hacer deporte o viajar, y los mejores, los del placer de ver el día despertar tras él. No se hizo aquel día pregunta de cómo llegó hasta allí, ya sabía sus respuestas, eran tantas y tan necias.

“No habrá más noches” fue su sentencia, acicaló su fardo y mesó sus barbas. Salió animoso a vaciarse y en el primer contenedor, retuvo aseo el que siempre tuvo, vertió en pleno todo su peso. Con tres monedas tomo café, zumo y croissant. Llegó hasta el mar caminando, pasose horas respirando, como si fuera alimento, el salitre por nariz y por el ojo belleza de juegos de mar y nubes.

Y antes de que anocheciera traidor el sol a su espalda, acabó meditación y silencioso se despidió de los vivos, se despojó del harapo y ante los ojos anónimos de los que le presenciaban, desnudo solo de bienes, vestido de lo vivido se fue a bailar con las olas dejándose trascender en memorias o en olvidos.

Solo unos años atrás, le llamaban Don Olaf, pero así es la economía.

Luis Cardo

3 comentarios:

  1. Algún día lo haré real, pero siempre he pensado que bailaré con los arboles, la tierra y el cielo.

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    1. Que nadie nos quite nunca la libertad de poder bailar según el son que nos inspire.

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