sábado, 1 de junio de 2013

El tiburón cobrizo y mi gorrito playero



Erase una vez un banco de sardinas buscando aguas templadas.

Piensan las sardinas que permaneciendo unidas sobrevivirán ¿piensan las sardinas? Piensan los delfines que es cuestión de tiempo que sucumban a su embiste, y que dividiendo vencerán y llegará merienda ¿piensan los delfines? En lo alto, cormoranes aletean mientras piensan en su espera en el acierto del delfín y sus empujes desde el fondo para que, ya en superficie y en condición kamikaze, llegue orgiástico el festín ¿piensa el cormorán?

Y es solo cuando el tiburón cobrizo aparece con esa actitud de aparente indiferencia, que todo el baile de aletas y plumas inicia su disposición al orden natural, depredador a depredar, sardina a tu lata que mejor fenecer en compañía que a modo de solitario mondadientes. El tiburón cobrizo piensa, y ejecuta.

En una cadena trófica el orden habita en el vértice de la pirámide.

Mas si cien mil sardinas viajan juntas con la impronta en pensamiento de no ser del diez por ciento que no alcanzarán su Cancún paradisiaco donde reproducir y perpetuarse para seguir viajando de lo fresco a lo templado y de lo templado a lo fresco ¿no será más bien acierto alejarse de los bancos, de sardinas hermanadas, y silbando despacito hacerse un paseo solitario, mar arriba o mar abajo?  

Abriguito si hace frio, desnudito si calor, opíparo si hay parné o a dieta si no hay billete, mas por tararear que no quede, silbando hacia el este o al sur, mas huyendo de corrientes por donde circulen hermanos acompañados de aquellos que alimenten su avaricia, su apetito desmedido o carroñera condición.

Un día siendo muy niño, posé en la playa algo serio, con un gorrito en mis manos, la foto quedó bonita y mi papá muy contento, quizás porque no sabía y seguro nunca supo, que estaba lleno de arena, con sus brillitos de sol o silbiditos de viento.

Luis Cardo

    

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