miércoles, 12 de junio de 2013

El peso de la paja en el ojo ajeno y el espíritu mediamarquiano




De cuando Niccolò di Bernardo dei Machiavelli usaba paletó.

Decía Maquiavelo que “en general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven”.

El joven Nicolás aprovechaba su breve tiempo de descanso para salir de “li uffici” a estirar las piernas. Si la brisa era agradable y el sol de tierna caricia caminaba unos pasos, acabando siempre apoyado en la gruesa baranda de piedra de espaldas al río Arno. Desde su punto de vista, al frente, el humano bullicio de “idayvenidas y correveidiles” hacia la “Piazza della Signoria”.

Por aquel entonces se perdió por no nacida la bella estampa de la torre del Palazzo Vecchio enmarcada por el arco bajo el corredor vasariano, que Los Medicci ordenarían construir para no tocar pie a tierra desde su residencia en Pitti, al otro lado del río, hasta sus oficinas, evitando más escraches sangrientos contra su vara de mando. El vértigo del poder cuando se siente amenaza es de fácil solución, bastando con disponer del erario que bosteza bajo llave en su cajón.

Aunque joven ya apuntaba destacada inteligencia y por ser bien conocido y de buen trato accesible, muchos eran que abordaban de Nicolás su consejo. Y aunque Gracián fuera entonces aún de nonata condición, su tratado de prudencia en esencia ya fluía como liquido por vena del amigo Nicolás y se guardaba muy bien de acompañar al consejo de suficiente advertencia sobre su punto de vista del problema cuestionado, pretendiendo así evitar que le endosaran el precio si el asunto argumentado acababa en descalabro, intentando no obtener el muy humano reproche “no hice lo que usted me dijo por ser yo tonto y no dar mi neuronal tallercito para mas hilo y puntada, debió empeñarse usted más en sacarme de mi error”.

Ni que decir tiene entonces que aquello le fue fatal.

Se abre telón, despavorido entre vides y olivares, con faldones remangados, un avispado y joven funcionario huye corriendo cuan viento de Florencia a San Casiano, perseguido y acosado por cientos o acaso miles de agraviados iletrados que ajenos a toda culpa por sus malas decisiones pretendían inmolar con escarnio en plaza pública a aquel que por ser muy listo no les sacó de su error. Fundido en sepia.

Seiscientos años después y muchas generaciones paseaba por Florencia un joven noble estudiante y al pasar por Media Markt, sin ni siquiera pensarlo ni un ápice de momento no pudo evitar decir en voz alta y que le oyeran “yo aquí no puedo comprar porque muy tonto nací”. Y como a Gracián leí, aunque parezca toscano mejor será hacerse el sueco.


Luis Cardo

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