viernes, 7 de junio de 2013

El pan bajo el brazo y un mareo cervical



La importancia de la siembra.

Venía inspirado a mostrarme agradecido, también a sacar conclusiones sobre los modos de caminar por el tránsito de la existencia, me sentía filósofo, maestro y alumno a vez, oyente, lector, consejero y pensante. Es tanto lo que pasa en mi vida a diario que casi a diario siento de cada día una vida, es una y miles, perpetua y eterna pues, por no alcanzar en recuerdo a asimilar tantos días ni a recordar tantas vidas. Siempre llega un bienestar a atropellar mil problemas, mas cada nuevo problema no hace temblar ni un cimiento ni encuentra pasto ya alguno donde inocular de angustia.

No había llegado a la esquina y me sentí desmayado ¡si me quedan aún mil pasos y apenas caminé veinte! Me dispuse a respirar practicando la conciencia en cada litro inspirado cuando no mas allá de diez pasos ni de cinco inspiraciones giré la vista, es costumbre, al hermoso callejón que a menudo y de soslayo atravieso en trayectoria tangente, el mismo en que hace unos días la diminuta ancianita barría con tal decoro y entregada adoración que tuve que hacer retrato.

Y fue al girarme a observar que escena se hacía regalo en el bello callejón que apenas a veinte pies de distancia de mi sombra pude avistar con sorpresa a una díscola gaviota, solitaria y carroñera, que debatía sesera en intentar entender porque no era comestible ese retal de textil que golpeaba contra acera. No se dejó retratar, desconfiada ya volaba, que la ciudad es muy grande y la carroña es tan fresca.

Fue al volver sobre mis pasos reintegrado en trayectoria cuando advertí que el mareo ya no acabaría en desmayo y que era cuestión de tiempo que los pies tocaran suelo y no me sintiera flotando sobre adoquines y asfalto, ese material tan feo sobre el que cagan los perros. Duró lo que me costó alcanzar a otro café.

A partir de ahí, sin pasión mas sin desprecio me entregué a lo mercantil, administrando el cansancio que acumulan mis meninges y obviando, que son dos días, las demandas de mis huesos.

Y en esa ida y venida por el de siempre mi barrio, perforado por mil monstruos que readoquinan arterias con compás de delineantes y tiralíneas en celdas me dio por pensar aquesto, la siguiente estupidez o brillante reflexión, que con cristal te mirarán y serás sabio o patán, los que gestionan lo nuestro y diseñan nuestro entorno desde los nobles despachos cada vez que tocan barrio entregados a su aseo por cada metro de aseo kilogramos de sabor nos restan en el intento. Quisiera un bordillo feo y con su canto rodado, quisiera farola vieja, quisiera un acordeón tocado desde la anea y a una vieja en delantal con sus habas por pelar.

Y al pensar en el sabor y no teniendo intención ni costumbre de comprar entré paseando al mercado, que no se me mueran nunca, vade retro a “carrefoures”, y tras mirar a un tomate y guiñarle a una lechuga mis pies hicieron camino hacia aquel rincón de minúsculo tamaño, donde con cofia y sonrisa, sin espacio y tan amables, despachan pan reposteras sacadas de una viñeta de infancias de allá otros tiempos, aquellos en que era costumbre el “niño ve a por el pan”.

Y me compré un pan de a cuarto, de los de toda la vida.

Luis Cardo

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