domingo, 23 de junio de 2013

El hombre que miraba de frente



Alguna vez escuché que no es como fue, si no como se recuerda. La historia.

Me siento incapaz de recordar cuándo, ni tampoco donde. Solo alcanzo a dar por bueno que era niño y por hecho que estaba con mi madre y, seguro también, con mi hermana. En una parada de autobús. No creo que fuera en Valencia, más bien durante aquellos años de emigrados a la metrópoli barcelonesa.

Sentado moi bajo la marquesina, esperando paciente a que llegara el mastodonte de transporte urbano que nos llevara desde aquel aquí hasta aquel otro allá, apareció por nuestra derecha, altísimo, dos metros por lo menos, barbudo y con melena, castaño, delgado, serio, no recuerdo si calzado o descalzo. Caminaba en dirección contraria por la calzada, no por el centro, por el carril más cercano a la acera, se aproximaba hacia nosotros cuando a la altura de nuestra vista coincidió en encontrada y conflictuada trayectoria con un autobús de línea, con su pasaje y su conductor camino de sus destinos.

Dejó de caminar a un metro del vehículo. Quedó hierático, en sosiego, callado, pareciera inerte mas toda su actividad se había reunido en un solo punto a la altura de su mirada, con la que plácido apuntaba al funcionario municipal. El conductor, iluso, esperó unos segundos a que aquel hippie apartara su osamenta de la calzada que por derecho pertenecía al tránsito del autobús. Ni un cabello se alteró si no fuera por el capricho del viento.

Pasado tiempo de prudencia hubo gestos y alzamiento de extremidades, rico lenguaje gestual naciendo interrogativo hasta llegar a pretender imperarse. Ni un cabello rebelde a que solo el viento le meciera.

Apenas transcurriría un largo minuto desde el encuentro. No gesticuló ni abandonó nunca su fija mirada en el conductor, mirada de paz, firme, convicta, que si escuchara su eco habría alcanzado a sentir un sencillo “querido amigo sal de tu error, conozco mi camino y no soy yo el que se siente obstáculo”.

Entre aspavientos, incrédulo, algo irritado y por la urgencia de un horario y de una vida construida de esclavitudes, el funcionario hizo girar al mastodonte hacia su izquierda y en marcha reemprendida veloz hacia sus destinos retrasados un minuto, el pasaje aquel perplejo ni a murmurar se atrevió.

 Y prosiguió caminando, no me gustan las aceras, llamadme loco, llamadme libre.

Luis Cardo

    

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