jueves, 14 de marzo de 2013

El relato inteligible



La importancia de hacerse entender.
                                                                                   
Ya eran más de las nueve y media de la noche, había vuelto a sonar mi móvil, aunque decir sonar es mentir, como era costumbre tenía desactivado el sonido. Escuché el buzón de voz, hola buenas noches, soy el perito…. era su tercer, quizás cuarto mensaje, mantenía su habitual corrección aunque apuntaba ya tono hacia el hartazgo. De vez en cuanto intento, creedme, activar el sonido del teléfono, pero creo que me resultó más sencillo en su día dejar de fumar, a veces los hábitos se arraigan como la sanguijuela a una vena amada.

Bien, por fín podría auditar este amable señor las humedades, elaborar su parte, enviarlo a la compañía de seguros y así la cortina que lleva una semana deambulando por casa podrá ser fijada, taco y tornillo, de nuevo al techo, de donde no debío ceder por empuje de las lluvias. La fachada de la finca donde habito está orientada al noreste y cuando la tromba de agua es empujada por el viento de gregal no resiste bien su envite y cede como el azúcar cuando le agobia el café.

Tras un día de vaivenes y paseo con amigos, llegué a mi casa cansado, mas no tanto como hambriento. Desde que vivo solo y, por coyuntura, escaso de presupuesto, había adquirido la siguiente costumbre en cuanto al alimento, hacer una compra a veces, con bien meditado cálculo del coste de lo invertido, pretendiendo el equilibrio en la dieta a administrar e ir vaciando despensa hasta tenerla agotada, solo entonces reponer. Así pues, con este método, solía llegar, en los días más lejanos a aquel en que haber comprado, a sentirse uno cuan Chaplin merendándose un zapato en “La quimera del oro”.

Llegado pués a este párrafo, abandonaré el relato, para, a modo de carta de sencillo restaurant, pasar a hacerles mención, mis muy queridos lectores, de mi cena de esa noche, noche la de aquel día tan lejano a fin de més, aunque eso sería importante si alguien tuviera a bien en abonarme una nómina en alguna fecha fija.

- Seis aceitunitas negras, con su textura perlada, y huesecito andaluz.
- Dos tostadas, pan de molde, que caducaron antaño, su pasado tan reciente, que con miajita de horno, advinieron en crujiente.
- Unte escaso de mahonesa, tras evitar que el envase, de capsula tan moderna, se llevara a la basura sus diez gramitos de salsa, que donde haya tijera.
- Una lonchita de lomo, con su adobo y sin grasita.
- Culito tinto de vino para bien mojarse el labio.
- Y de postre hasta tres piezas, verde, naranja y azul, que no son fruta ni lácteo, sino dulces lacasitos.

La cena duró un minuto, quizás un minuto diez, y no siendo ella abundante, por lo menos al siguiente puede calzarme dos piezas, una para cada pie.

Luis Cardo

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