domingo, 17 de marzo de 2013

El cardenal que surgió del tango



A veces, los hombres.
                                                                     
“Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem?”, dicen algunos que en el momento del óbito la vida pasa en modo cinematográfico y formato lapsus por nuestra retina. Jorge no necesitó estar en ese trance para sentir el paso de todo lo vivido como un deja vu de su memoria. Y así volvió a vivir el barro en sus rodillas, los balonazos y las patadas en el colegio, a su mamá de espaldas en la cocina y esos aromas entre el puchero y la loza. Y los días menos en que papá le colaba en su locomotora dejándole hacer sonar silbidos mientras aquella pesada mole de hierro se internaba en el vértigo del túnel fundido en negro.

El resto no le pasó, o mas bien no le pesó, o le pasó mas sin verlo, no había libros ni codos, seminarios ni enseñanzas, sí aquel flirteo adolescente, mas no audiencias, protocolos, anillos ni besamanos, no vio los cargos ni conferencias, ni se vio en púrpura o con reliquia.

“Quo nomine vis vocari?” Yo quiero amar al descalzo y lavar sus pies desnudos, no quiero ni monedero, ni bolsón, ni las sandalias... Podéis llamarme Francisco y os enseñaré a ser pobres y a trabajar desde el norte, aquel que más bien perdimos.

Y después de encomendarse, tranquilo salió al balcón, tranquilo por su apariencia, mas no falto de emoción, pareciera que bajo el blanco aun le temblaran las piernas como en aquellos años lejanos y adolescentes, subiendo la escalerilla frente al jefe de estación o simulando dar pasos agarrado a una pibita de mejilla sonrosada, seducido por las notas de un Gardel, en la cocina, tras mamá tarareando.

Hay veces, algunas veces, en que aparecen los hombres, los hombres que fueron niños y conservan su sonrisa, la del párvulo ignorante de lo que la vida lleva, hombres a los que nunca parece haberles cambiado el tránsito conocido. Y a veces hay hombres que miran y desde la incredulidad ven aparecer los hombres que pueden cambiar las vidas.

Y entre tanta humanidad, a veces, los hombres.

Luis Cardo

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