sábado, 9 de febrero de 2013

Wito en Shangri-La



Fue entonces cuando comenzó a añorar danzar como un maldito, y girose en redondo, hacia su sombra y buscó su risa agazapada en su chepa. Y fue por girarse que en horizonte divisó las siluetas, parecieran cientos, acaso millares, planas sin rostro y torpe movimiento, incluso algunas de condición pétrea, posado compasivo, lacónico o hiriente. Casi todas portaban un lazo de maroma en lanzadera, que atrevieranse a enviarle obviando el perjuicio que al buen lance les causaran sus quimeras, sintiendo cada figura retorcer su entraña por la condición de Wito de ser húmedo jabón ante el desaire.

Interruptor, chasquido, llamadle “clic”. Se desvanecieron ante sí haciéndose polvo que posa en libre caída, humo que asciende corriente térmica. Y como tantas despertó sin saberse dormido, y como siempre hizo mueca en el reflejo de sus arroyos, de medio lado, media sonrisa, medio sarcasmo y satisfacción, se cerró a fanfarrias y se abrió a bitácoras, nuevo el cuaderno, grasa al astrolabio, si va a ser mar a nadar; si va a ser cielo a volar; pies, os quiero. Llenó su maleta de nubes, bolsillos de brisa y salitre, zurrón de brotes de tierra, agua y sol. Alzó sus manos, ambas hermanas, y se perdió, a la vista de los hombres, y en su feliz Shangri-La, mullido, se acomodó.


Luis Cardo

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