lunes, 25 de febrero de 2013

El escabel rinconero



Solo te pasa si te sales de la prisa.
                                                           
Desde la reunión con el administrador concursal a la firma ante notario solo mediaban cinco, bajar al trote cinco plantas, cruzar ligero cinco calles, calibrar preciso el paso de bota, paso de cebra, paso de prisa, ritmo puntual. El objetivo, no más de cinco, llegar primero, buen anfitrión seas ajeno a la carrera que te llegara, minutos que quieren pasar y pasan constantes, pero la prisa, la prisa hace que un tic quiera mutar en un tac, y entre tic y tac, taquicardia.

No fue en el quinto, no fue en el cuarto, en el tercero aguardaba. De puntillas sobre el mármol, blanco roto por el tiempo. A sus espaldas, lisa pared plegada por la esquina, descansillo, blanca también, pálida a media luz, sin lustre por semioscura y sus mil roces adivinados.

El caso es que no paraba, yo, no iba a pararme, tenía prisa. Y no era la vez, ni la segunda ni la primera, quizás tercera, acaso cuarta. Y cierto es que en anteriores bajé sin ella, la prisa. Mas ahí quedé, me salí de ella y quedo quedé. Paseando por el lapsus, desde las puntas de mis botas recorrí con la mirada el blanco marmoleado, subiendo plano por mis reojos hasta alcanzar sus puntillas.

Arrinconado, de oscuro betún, ligero, tímido, sonrojado. Pareciera tener párpados y pareciera hundir sus ojos en ellos arrebatado por un rubor insoportable. No me mires, por qué paras, por qué miras, pasa largo, no te pares, oh, Dios mío, que me haces, no soy nada… que mal trago. Tan expuesto, descubierto y sorprendido se hallaba que solo un perdón, un discúlpame, lo siento, pasaba por aquí y me salí de mi prisa, me sacó tu ligereza, el minúsculo roce de tus extremos sobre la fría piedra que te sustenta, te vi desde las puntas de mi calzado. Te apreciaré un instante, vuelve a tu calma y acomódate en tu equilibrio, apóyate sin tocar y descansa sin tu peso, tan noble oscuro madero de condición y acaso pareces nube.

Solo tenía dos patas, el escabel rinconero, pareciera abandonado a los quehaceres del mundo, nadie que hiciera uso de su asiento, nadie de glúteos que lo acariciara, solo de cuando en vez cosquillas desde un plumero, por vivir en casa limpia de las de vetusto ascensor y hueso y carne el portero.

El próximo día, me siento y me cuento un cuento.

Luis Cardo

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