domingo, 20 de enero de 2013

Wito y le petit prince



Se lo encontró de nuevo, por no encontrarlo. Al no hallarlo lo buscó y, de tanto sentir su pérdida, se le hizo pródigo al volver. Fue al llegar cuando brotó a modo de burbuja en mente en blanco y se quedó a llenarlo. Wito le dibujó un cordero, cuidó su flor, deshollinó volcanes y limpió la broza de su morada dejándole así vagar entre el cosmos y descender a desiertos en busca de respuestas. Le vio partir y llegar a cada puerto, interrogar buscando el conocimiento donde habitaba lo vano, hueco, la vergüenza, lo esclavo y tirano. Por no encontrar el saber en hombres, atendió por viejo al zorro y confió en el áspid para volver en sí y ser parte del todo hasta que la nada llegue.

Y Wito pensó en Antoine y se sintió reencarnado en su soledad. Pensó si aquél último día aquí mientras planeaba en lo azul, lo efímero y lo bello, hubiera cerrado sus ojos, vacío de respuestas, pincelándose un destino. Y así Wito miró atrás y vio del túnel la boca, no viendo negro su hueco sino del color del mar, aroma de nube fresca, caldeado por el sol. No quedaba otro remedio, pues era el bueno, que sonreír, ajustarse los cuellos, aflojarse los puños y al llegar donde bifurcan dos caminos, elegir andanza por en medio. Sí, querido príncipe, en la pregunta estaba el saber.



Luis Cardo

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