domingo, 11 de noviembre de 2012

La fuente del Páctulo

 
Sentado en su dorado trono, Midas reía en plenitud por su afortunada vida echándose monedas de oro sobre su rostro para sentir en modo lluvia la frescura de su opulencia. A su alrededor resplandores áureos cegaban su ego. Midas adornaba sus posesiones de mantos de oropel y así su vida trascurría bañada por la ventura de poseer poder y fortuna (la historia ya no nombra si también belleza, con lo cual la cuadratura del círculo hubiera sido completa).
 
La felicidad era constante en el palacio del reino de Frigia. Cada año, el día de cumpleaños de su pequeña Zoe grandes fastos acontecían, con obertura festiva anunciada por fanfarria y batucada, que si un año Bisbal, que si otro Enrique Iglesias, “todo para mi pequeña”, las mejores sedas, los más bellos diamantes y a los dieciocho un Aston Martin.
 
Y por deber ser cierto el principio de la inercia, y aunque Isaac Newton no frecuentara tertulia de palacio, he aquí que Midas cayó desconociendo mas con evidencia enredado en su primera máxima: “todo cuerpo permanece en reposo o se desplaza con movimiento rectilíneo uniforme, siempre que no actúe sobre él una fuerza exterior que cambie su estado”. Uséase que todo corpachón tiende a permanecer en el estado en el que se encuentra, que si lo tuyo es hacer fortuna, la libido se emociona si añades más capas para revestir dorados.
 
El caso es que cuando Midas hace migas con Dionisos por líos de estos de prebendas y favores de los que el cotarro manejan, el diosito agradecido le espeta al rey “amiguete, pide lo que quieras ¿nos vamos de meretrices o te recalifico alguna marjal cerca de alguna playita en las costas de algún vecino reino y así te montas un temático y cien mil cubículos de papel de fumar para gozo de avezados “clasemedia”? que la coyuntura está para pelotazos”.
 
Y tras las mil vueltas que le dieran los globos por los que ver, a modo de tragaperras que cantan la mayor, he aquí que el monarca acepta por trato negocio burbuja para dar con la ganancia nueva capa de alicatado de su idolatrado noble metal.
 
Claro es que cuando Dionisos, muy formal, le hizo presentación del contrato de cesión, cegado por su fama de convertir todo en oro, el imprudente soberano no fuera a bien percatarse ni de la letra pequeña ni del parte meteorológico que preveía huracanes que no hay burbuja que resista.
 
Y ya en harina hasta las cejas, cien mil viviendas le cabían donde antes nadaran patos y garcetas. Y por requetecegado ni importancia le dio a que allende los mares en el reino más chulin, a los hermanitos Lehman se le hubiera caído la torre de papel. Y dio por aval su reino, con enser y canesú.
 
Bueno, el final de la historia ya la sabéis por manida, estallaron las burbujas como pompas, que ni Coral ni de Fairy, y todo el  mandango sin vender, que si ejecutar avales, que si dación que me arruinas... A la reina de Frigia, viendo el mal percal, se le acabó el amor, y se fue con diputado de república cercana, de los de Ipad y dieta asegurada. La chiquilla antes más pija del barrio descubrió el placer de acampar en plaza pública y se hizo “reivindi y a coyuntar”.
 
Mas dice el mito y cierto será, que en las aguas del rio Páctulo hay una fuente de donde manan aguas de pureza tal que deshacen los entuertos de allá donde en barro metieras hasta el cuello tu osamenta.
 
Unos años antes, la historia no lo cuenta, en los bajos del dorado palacio, apartado de cetros y mundos, entre toneladas de purines, vivía con castigo de ostracismo por haber ganado fama de atracción de desgracias, Dimas el Frigio, quien todo lo que tocaba en excremento convertía, el menor de los hermanos, alimentando camadas de puercos.
 
Agraciado o desgraciado, la vida es un carrusel, quien no dice que algún día el oro será jamón.  
 
Luis Cardo

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