sábado, 6 de octubre de 2012

La puerta lateral


 
Sólo había bajado a buscar en el coche las gafas, progresivas, bonito término, ¿hacia dónde progresamos tras la presbicia? ¿hacia la luz?. El caso es que el calorcito otoñal y ese sol mediterráneo que tenemos a bien recibir aquellos a los que el azar o la química o la divina providencia nos premió allende los partos y al cual no hemos renunciado y dudo podamos, han girado mis talones en dirección al meollo capitalino.

Repique de campana, bullicio de mercado y en un par de trises alcanzo el centro de la ciudad y me envuelvo en el tumulto sorteando a los andantes, habitantes los que en su mayoría caminan mirando hacia las aceras bajo el peso de sus quimeras y turistas los que hacia el finito observan, con su palma de visera, columna, arista, campanario, paloma, gorrión o andamio. Porque no hay turista curioso que tras mirar una farola a dos mil yardas de su casa no le encuentre sus “aqueles”.

Camino erguido y tranquilo, sin rumbo, objeto ni objetivo, pero mis pies ya conocen mis rincones y sin ánimo de hacer pausa deambulo entre fuente, ágora y plazuela, palacete, la de lance, lonja  y callejuela. Uf, que lorquiano, ni que fuera primavera.

Y como ya me rondaba hace tiempo acabo empujando el portón de Santa Catalina, pesado y noble madero con su cartelito y su canesú, “apaguen los móviles”, lo nuevo, lo viejo. Penetro en el templo, no sé si es apropiado el verbo, y me aposento en uno de los bancos del fondo. Yo soy muy de sentarme al fondo para ampliar la visión y mejor defender retaguardia. Los que “me conocen” se dirán ¿qué hace este en una iglesia?, sin embargo los que me conocen no se lo dirán. Creencias aparte hay lugares que ni el yoga.

Tras unos largos minutos de ejercitar mi mente en blanco y sentir el beneficio de nadear con los cinco sentidos mi cabecita loca se empieza a llenar de pensamientos a modo de burbujitas en un puchero al fuego. Y de entre todos me quedo con la metáfora que brota al observar el rayito de Lorenzo de una puerta lateral. Un gran templo de amplios y pesados portones batientes por el que entran y salen con imprecisa fusión gentes que se esquivan o tropiezan, portones opacos por los que la luz ni se esfuerza, maderos de tránsito principal por los que acceder desde el no al si, desde la nada al todo, desde la plaza al templo. Y en un lateral, tras la columna, abierta, dejando que la luz tímidamente inunde lo solemne, una puerta que por abierta no pesa, en la que no hemos pensado y que nos lleva a una discreta y tranquila callecita, que al ser calle es un camino.

Y al pensar en la puerta, una secuencia y acción, imaginación en rodaje, Fulano Menganez, fresador, busco empleo, de qué, de fresador, que más sabe hacer, nada, solo fresar, ya no se fresa, pues eso.

No, no somos fresadores, ni arquitectos, carpinteros o socorristas. Si hay que fresar se fresa mas si observamos bien, detrás de la columna, siempre hay una puerta lateral que franquea un camino en el que nunca antes pensamos, o quizás sí.

Bajo mi nombre, Luis Cardo, economista, pero si pude con el tabaco….

Luis Cardo.

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