miércoles, 17 de octubre de 2012

La corte de Lara



Anda más que indignado mi amigo Bernardo, tesoro, ávido lector, con la resolución del premio Planeta. Y debe andar así porque creo que de buena fe pensaría que el Planeta es un premio literario y no una exitosa campaña de marketing para el lanzamiento de un producto cultural. No, no, Bernardo es muy inteligente, será por otra cosa.

Bien conocido es el tufillo que aromatiza la resolución del premio ¿premio?, cómo nos venden par de horas antes quinielas sobre fulano y mengano, casi siempre de catorce. Todo bien medido y calculado, enlace mediático televisivo obligado, los presentes en la gala, politiquillos de turno y oficio, y esa lúdica sonrisa de anteriores agraciados por el suculento pastizal con que remunera ahora el hijo del sevillano primer Marqués del Pedroso de Lara.

He aquí que el actual generoso remunerador de los plumas y plumillas, que de todo hay en la viña, segundo Pedroso Marqués por sucesión adquirida, pareciera de otro tiempo viendo la corte creciente de agradecidos premiados, ¡loor al Marqués generoso que por gracia del mercado bien hizo de nos escritores agraciados! Ya sé Fernando (Sánchez Dragó) que hay un tajo p’al Estado, quejoso, de modo que un poco así resultamos nos también premiados ¿resultamos? Quizás sea por eso, mas seguro merecido, que a ti te tocó la suerte de ser premiado dos años.

Ya entiendo, ya, no es sobre el status quo de este premio ¿premio? referido donde basar lo que indigna con razón al buen amigo, sino el descaro respecto al evidente operandi de la resolución del presente año ¿solo de este? El quid es de sencillo extremado, si a un jurado eminente, licenciado en alta lectura, se presentara manuscrito con un alias por autor, tal que “María Antonieta sin peineta” y mira por donde se narrara novelada con sumo interés y valor literario las aventuras de un tal Holmes, de nombre Sherlock, casualmente con tal Watson por amigo, con licencia de doctor ¿sería de mucho imaginar que quizás alguno, aunque uno fuera, de los miembros del jurado, no pensara como cierto que se tratara de “Arturo” el que travistiera el nombre por la empolvada madame?.

Si resulta que el autor del presente año premiado, ni una duda de su mérito, válgame Dios e Hildegarda, presenta por ver si la de laurel cayera, séptima de su saga, entrega de correrías de Bevilacqua y Chamorro ¿no será de preguntarse, pasmado tal cual un mimo, si a nadie se le ocurrió que fuera de Silva, Lorenzo, el manuscrito firmado? ¡Qué mal pensados! ¡Qué retorcidos!

La ofensa no está en el tufo de embalar con envoltorio de meritorio galardón a una sencilla herramienta de mercadotecnia fina, ya puesto que corren tiempos de sistemas de descanso y de láminas de agua donde en otros nos vendieran un colchón o una piscina. El caso es que cuando a la pícara virtud del buen vendedor no se une disimulo y se deja escuchar maullido cuando nos vende una liebre ¿no pensará el comerciante que Abundio somos todos y sin cebo anzuelos picamos?

Señor Lara, gran mecenas de las letras y otras suertes, échele un par de “nasos” y para el año que viene, como deseo, aun si uvas de por medio, por temprano, a ver si tuviera a bien propiciar, mediante docto jurado, que conquistara el planeta algún talentoso plebeyo, y que pudiera tembloroso subir a su altar loado y rodeado de corte, obnubilado quedar por ser paria en el Olimpo. Pregunte si acaso, pues, a ver si fuera negocio, a su seguro sabio departamento de marketing, si no fuera gran idea para cuota de mercado.

Luis Cardo

1 comentario:

  1. El profesor recibía ese día el sol de cara, por un extraño motivo en esas situaciones, doblaba un poco el espinazo e introducía media mano en el bolsillo delantero del pantalón. Habló del premio planeta, apaño donde los haya, mera operación de marketing, se trata de vender libros y creer el lector que lo que compra es calidad. Habló de la los libros comerciales y de la literatura y por enésima vez mentó a su favorita la Sra. Tellado.
    Aquel comentario pasó por mi consciencia cual líquido por colador, pero cayó en un recipiente en forma de tupperware, cerré la tapa y metí en congelador.
    El tiempo quiso que cuando terminé de leer lo que era obligado me envenenara a leer lo que me apetecía. Buscando entretenerme y aprender, leí mucho comercial y recordaba a mi profesor, me alienaba con las vidas de los demás y me entretenía pero algo me dejaba a mitad. Leía también lo que creía literatura, recomendado o buscado, y algo diferente ocurría, cierta satisfacción al acabar y también recordaba al profesor. Un día que el dichoso telediario se empeñaba en dar quinielas sobre el planeta acudí al refrigerador y metí en el microondas el tupper, 10 años y el producto seguía fresco, pero algo olía a podrido en la quiniela.
    De esto han pasado 20 años más y cada premio planeta recuerdo al profesor como si onomástica suya fuera.

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